La Guerra ha consumido casi un año; tiempo también de terror y dolor para cientos de familias que jamas imaginaron que ante la detención de uno de los líderes narcotráfico, sufrirían en carne propia ese sentimiento profundo que ocurre a quien pierde un ser querido. Así puede describirse la historia de la familia de Pedro Andrés, a quien le quitaron la vida la semana pasada en esta ciudad.
Un simple intercambio de palabras en la calle, una explicación no entendida, una acción entre dos personas por una simple idea, de repente el fuego de una arma terminó con todo, y generó todo el dolor a una familia, a los amigos, y a la sociedad entera.
La familia de Pedro Andrés sabían de la guerra narca como cualquiera lo entiende hoy día. <>. Es la conclusión mas común y conveniente a las autoridades, quienes han sido rebasadas al no poder controlar la situación.
Pero las alarmas se prenden cuando han caído víctimas colaterales, es decir, personas que nada tienen que ver con la guerra: menores de edad y personas que han caído por balas perdidas. Esta alteración puede catalogarse como una violencia urbana. Un clima donde el terror significa que cualquier persona puede perder la vida sin haber tenido la más mínima relación con el narco.
La guerra ha causado una violencia urbana, y en ella cabemos todos: como víctimas o victimarios. En este contexto Pedro Andrés perdió la vida. Una simple discusión vecinal aumentó a la más alta de la brutalidad, de la sin razón, al asesinato. Al victimario no le importó el dolor que generaría a la familia, ni su estabilidad propia. En el contexto de la violencia urbana que se vive, simplemente se actúa, como por mera imitación de lo que ocurre hoy día, y que parece normal.
La familia de Pedro Andrés, y miles de sinaloenses padecen el dolor de la guerra narca. Un dolor que no deben experimentar ellos. El sufrimiento debe ser para quienes conscientemente optaron permanecer en algún bando. Pero no, todo se ha desbordado, hoy el miedo empieza a llegar a toda la población, porque nadie está exento de ser agredido, por las balas o por el odio, y la actitud sin razón que acumulan personas que sobreviven en una sociedad donde la violencia urbana les ha robado la paciencia y lucidez.
El clima de violencia hoy día es real. Nadie sale sin temor de sus hogares. Y la interacción con algún desconocido o vecino obliga al más delicado cuidado, pues la violencia se respira, dormimos con ella y la vivimos. Los valores humanos se alteran y la vida queda relegada a planos de menor importancia, por eso alguien se atreve a agredir. En un clima de violencia urbana «es normal».
PD. En honor a nuestra querida amiga Adriana Angulo por el dolor que invade a ella y a su apreciable familia.



